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Mostrar un mundo lleno de vitalidad

    La escuela del zen concede importancia al silencio. Los grandes maestros de la secta suelen vivir en lo profundo de las montañas haciendo compañía a los árbo-les resecos y a los bosques gélidos. Esto, sin embargo, no quiere decir que ellos gusten de un silencio parecido al de la muerte y rechacen la vitalidad.

    Los maestros del zen perciben in vitalidad del mundo en medio del silencio. Kellexionan y saborean el alecto y la ternura del mundo después de contemplar desinteresadamente la vida y que las fastuosidades se desgastan hasta desaparecer. El zen es algo vivo. Un practicante del zen pregunta a su maestro: "¿Cuáles son las doctrinas fundamentales del budismo?" Y este le contesta: "En la vida, en la vida."
    A l.iangjia (807-869), del Templo de Dongshan, gran maestro del zen, le pregunta un discípulo: "¿Cuáles son las doctrinas fundamentales del budismo?" El le contesta: "Las flores desprendidas del árbol desaparecen en la corriente de las afilas." El discípulo no lo entiende y vuelve a preguntar. Ahora Liangjia le dice: "El bambú estilizado trae consigo el viento." Ante nosotros, se erige un mundo vigoroso. El zen cuenta con un espíritu vivo y su mayor secreto reside en la restauración de la vitalidad. La máxima doctrina del zen es la "doctrina de la vida".

    El mundo ajetreado no es necesariamente un mundo animado. La agenda apretada no representa una vida impregnada de sentido. Con el zen se trata de recuperar la sencillez de la vida humana, percibir lo complicado y lo recargado en medio de la sencillez y la pureza; recuperar el silencio propio del mundo y escuchar los sonidos del mundo en medio del silencio. Tal como destaca el arte de la ceremonia del té impregnado del espíritu del zen, no hay colores llamativos en la sala donde se lleva a cabo la ceremonia del té, no hay ruidos, no hay ningún movimiento de sobra, no hay ninguna palabra que no sea necesaria, todo marcha de manera natural. Recuperar en el silencio la sensibilidad humana, escuchar los sonidos del té, del viento y del corazón. Que la flor de loto que no tiene intención de florecer florezca lentamente, que los claros brotes de las hierbas se engendren en la nieve.
    Asegura el zen que el mundo está animado, pero, el alma no puede percibirlo porque corremos prisa, nos aqueja la ansiedad y estamos llenos de preocupaciones. Lo que solemos hacer con el mundo es aprovecharlo, vencerlo, consumirlo, no parar de interpretarlo y escindirlo. De este modo, el mundo animado se va alejando de nosotros.

    La vitalidad que el zen intentan restaurar es un mundo lleno de vigor. Huang Tingjian (1045-1105), poeta de la dinastía Song (960-1279), fue un día a visitar a Zuxin (1025-1100), maestro del zen, quien, muy entusiasmado, le hace esta pregunta: "En una ocasión, Confucio dijo: 'Discípulos, yo no tengo nada que ocultaros'. ¿Cómo hay que entender esta expresión?" Cuando Huang iba a contestar, Zuxin se lo impidió diciéndole: "No, no." Huang Tingjian se quedó sin entender. Los dos salieron a dar un paseo por la montaña y era la época en que florecía el osmanto. El aroma fresco invadía todo el espacio. Zuxin preguntó: "¿Te llega la fragancia del osmanto?" A lo que Huang respondió: "La verdad es que sí." Zuxin le dijo: "No te he ocultado nada, ¿verdad?" En ese preciso momento, Huang Tingjian lo entendió todo.

    Al despertar, cuando se haya eliminado lo que obstruye la vista, se abrirá ante todos un mundo lleno de encanto y gracia, todo límpido y claro, todo luminoso.

    Igual que cuando florece el osmanto, se difundirá en el espacio un aroma fresco que llegará a todas partes. El alma estará bañada por un brillo perfumado, El proceso del despertar es lo mismo que destapar la cubierta del alma, es el retorno al mundo verdadero y natural. No se trata de introducir sol en la vida al mundo de la vida nunca le ha faltado el sol: la vida de todos es una lámpara que irradia el brillo de la iluminación.

    De la escuela del zen, se cuenta cómo llegó Lingyun (fechas desconocidas), lionzo budista de la dinastía Tang, a entender a las flores del melocotón. Aprendía el sutra del zen con un gran maestro, pero no lograba entenderlo. Un año, al llegar la primavera, vio que los montes que se hallaban detrás del monasterio estaban cubiertos de melocotoneros en pleno florecimiento, espléndidos y llama- livos. De repente, cayó en cuenta de cuáles eran las doctrinas budistas y escribió esle poema: "Desde hace 30 años busco al espadero del tiempo, / cuántas veces lian caído las hojas y han vuelto a brotar. / Después de ver las flores de los melocotoneros, / nunca más me pondré a dudar de ellas." Pero si los melocotoneros llorecen un día tras otro, ¿por qué Lingyun no ve las flores en los días corrientes ni descubre su esplendor que salta a la vista hasta después de despertar? ¿Por qué? Porque su alma suele w"estar cubierta por neblinas" y "engañada y oculta" por una gruesa capa de prejuicios. El despertar recupera un mundo vivo y lleno de vigor.

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